Mahmud Darwish

EL EXILIO

El exilio no es un viaje de ida y vuelta, ni residir en la nostalgia. Quizá sea una visita, esperar a ver qué hace el tiempo con uno, salir de uno mismo hacia los demás para conocerse y congeniar o para que lo propio se encierre en su caparazón. Cada exilio tiene su carácter, cada exiliado sus características. El exilio es un ejercicio de reflexión sobre lo que no tienes, estupor por no tenerlo. El exilio educa el cuerpo. Te fascina la belleza de la forma, aunque su significado sea parcial: la perfección es ser consciente de la imperfección. Estatuas que glorifican el pasado, estatuas que están ahí para pasar del reconocimiento al reconocerse, estatuas que eximen al mañana de la estética y a la naturaleza de las constricciones de la imaginación. Nada supera a la belleza. Pero tú, que en el fondo eres un campesino, estás de parte de los árboles que se reflejan en el río, de las palomas aeroterrestres, y te demoras largo rato junto a un lirio que crece, solitario, fuera de la maceta... no porque sea, como tú, una especie rara, sino porque se apoya en sí mismo para crecer desvalido. El exilio es el viaje del poeta en el poema, un viaje dentro del viaje, pero el lenguaje metafórico siempre vuelve la vista atrás.
Y mirar hacia atrás, como es sabido, es uno de los atributos del exilio.
Volver... ¿adónde? Te preguntas mientras cuelgas cuadros en las paredes de tu nueva dirección. Ir... ¿adónde? Lo que tienes por delante es provisional. Lo que dejas detrás, transido de provisionalidad, está disperso. La eternidad que sube con la luz desde el jardín estalla en una carcajada. Le tomas el pelo diciéndole: también tú eres una exiliada. Y te preguntas: ¿cuántas puntas has clavado en las paredes de cuántas casas? ¿Cuántos cuadros has colgado, cuántas camas has abandonado para que duerman otros, cuántos borradores y primeros versos has olvidado en cuántos cajones, cuántas fotos de mujeres has perdido entre las páginas de libros que no has leído? ¿Cuántas veces te has preguntado: ¿cuántas veces me he ido de viaje, he partido, me he marchado? Y todo sin haber tenido nunca clara la diferencia entre viajar, irse, partir o marcharse, a tal punto es poderosa la quimera de los sinónimos, y es propensa la metáfora a transformarse de «mi patria no es una maleta» en «mi patria es una maleta».

[Mahmud Darwish. En presencia de la ausencia. trad. Luz Gómez García. Valencia, Pre-textos, 2011.]




RITA Y EL FUSIL
 

Entre Rita y mis ojos... un fusil.
Quien a Rita conoce, se postra
y reza
al Dios de sus ojos de miel.

... Besé a Rita
cuando niña,
aún recuerdo cómo... se pegó
a mí: una trenza preciosa cubrió mi brazo.
Recuerdo a Rita
como el pájaro a la charca.
Rita, Rita...
Teníamos un millón de pájaros y de fotos,
y mil citas,
y contra todo abrió fuego... un fusil.


El nombre de Rita le sabía a fiesta a mi boca,
el cuerpo de Rita se desposaba en mi sangre.
En Rita me perdí... dos años,   
durmió en mi regazo dos años,
nos prometimos ante el cáliz más bello,
ardimos en el vino de dos labios,
nacimos dos veces.
Rita, Rita...
Nada privaba a mis ojos
de los tuyos, si acaso nuestras cabezadas
o alguna nube de miel,
hasta que irrumpió... aquel fusil.

Érase que se era,
oh silencio del atardecer,
una mañana en que mi luna partió
con los ojos de miel.
La ciudad
barrió a los rapsodas, y a Rita.
Entre Rita y mis ojos... un fusil.


[MAHMUD DARWISH. Poesía escogida (1966-2005). trad. Luz Gómez García. Valencia, Pre-textos, 2008.]




SOBRE ESTA TIERRA
 


Sobre esta tierra hay por qué vivir: los titubeos de abril, el olor del pan al amanecer, el amuleto que una mujer le da a un hombre, las obras de Esquilo, los comienzos del amor,
la hierba sobre una piedra, madres en vilo por el hilo de una flauta, y el miedo de los invasores a los recuerdos.

Sobre esta tierra hay por qué vivir: los últimos días de septiembre, una mujer que sale de los cuarenta como melocotón maduro, la hora del sol en la cárcel, nubes que semejan un tropel de criaturas, los vítores de un pueblo a quienes encaran risueños la muerte, y el miedo de los tiranos a las canciones.

Sobre esta tierra hay por qué vivir: sobre esta tierra señora de la tierra, madre de los inicios y madre de los finales. Se llamaba Palestina. Se sigue llamando Palestina. Mi señora: yo tengo, porque tú eres mi señora, tengo por qué vivir.


[MAHMUD DARWISH. Poesía escogida (1966-2005). trad. Luz Gómez García. Valencia, Pre-textos, 2008.]



ÉL ESTÁ TRANQUILO, YO TAMBIÉN


Él está tranquilo, yo también
sorbe un té con limón,
bebo un café,
es lo único que nos distingue.
Él lleva, como yo, una camisa holgada a rayas,
yo hojeo, como él, los periódicos de la tarde.
Él no me ve cuando miro de reojo,
yo no le veo cuando mira de reojo,
él está tranquilo, yo también.
Pregunta algo al camarero,
pregunto algo al camarero...
Una gata negra pasa entre nosotros,
acaricio su noche
acaricia su noche...
Yo no le digo: Hace bueno,
está despejado. Él no me dice: Hace bueno.
Él es el observado y el observador
yo soy el observado y el observador.
Muevo la pierna izquierda
mueve la pierna derecha.
Tarareo una canción,
tararea una canción parecida.
Pienso: ¿Es el espejo en que me veo?
Entonces le miro a los ojos,
pero no le veo...
Abandono el café aprisa.
Pienso: Quizá sea un asesino, o quizá
uno que habrá pensado que yo soy un asesino.

Él tiene miedo, ¡y yo también!


[MAHMUD DARWISH. Poesía escogida (1966-2005). trad. Luz Gómez García. Valencia, Pre-textos, 2008.]



PIENSA EN LOS OTROS


Tú que te haces el desayuno, piensa en los otros
(no olvides alimentar a las palomas)

Tú que te enzarzas en tus batallas, piensa en
 los otros
(no olvides a los que piden paz)

Tú que pagas la factura del agua, piensa en
 los otros
(los que maman de las nubes)

Tú que vuelves a casa, a tu casa, piensa en los otros
(no olvides al pueblo de los campamentos)

Tú que te duermes contando estrellas, piensa
 en los otros
(hay quien no halla dónde dormir)

Tú que te liberas con las metáforas, piensa en
 los otros
(los que han perdido su derecho a la palabra)

Tú que piensas en los otros lejanos, piensa en ti
(di: Ojalá fuese vela en la oscuridad)


[MAHMUD DARWISH. Como la flor del almendro o allende. trad. Luz Gómez García. Valencia, Pre-textos, 2009.]


NERÓN


¿Qué pasa por la cabeza de Nerón mientras contempla el incendio del Líbano? Tiene los ojos desorbitados de embriaguez, y se mueve como quien baila en una boda: Esta demencia, mi demencia, es maestra de sabiduría.
Prended fuego a cuanto no sea la obediencia a mí debida. ¡Que los niños aprendan a comportarse y dejen de gritar ante mi canto!
¿Qué pasa por la cabeza de Nerón mientras contempla el incendio de Iraq? Graba feliz en la historia de la selva su nombre de enemigo de Hammurabi, Gilgamés y Abu Nuwás: Mi ley es la madre de todos los códigos, la hierba de la eternidad crece en mi rancho. ¿La poesía? ¿Qué significa esa palabra?

¿Qué pasa por la cabeza de Nerón mientras contempla el incendio de Palestina? Se regocija añadiendo su nombre a la lista de los profetas, como profeta en el que aún nadie ha creído... profeta de las matanzas al que Dios ha encargado corregir los innumerables errores de los libros celestiales: ¡Yo también soy emisario de Dios!

¿Qué pasa por la cabeza de Nerón mientras contempla el incendio del mundo? «Yo soy el amo y señor de la resurrección». Luego le pide al cámara que pare la grabación: no quiere que nadie vea ¡que se le han chamuscado los dedos al final de esta inacabable película americana!


[MAHMUD DARWISH. La huella de la mariposa. trad. Luz Gómez García. Valencia, Pre-textos, 2013.]

OJALÁ SE NOS ENVIDIE

A esa mujer que camina deprisa, con una manta de lana y un cántaro por corona... que arrastra de la mano derecha a un niño y de la izquierda a la hermana de este. Que detrás lleva un rebaño de cabras asustadas. A esa mujer que huye de un angosto escenario de guerra a un campamento de refugiados desconocido... la conozco desde hace sesenta años. Es mi madre, que me dejó olvidado en un cruce de caminos, con una cesta con un pan reseco, una vela y una caja de cerillas estropeadas por el rocío.

A esa mujer que ahora veo en la foto de la pantalla a color del móvil... la conozco muy bien desde hace cuarenta años. Es mi hermana, que completa los pasos de su madre —mi madre de camino al desierto: huye de un angosto escenario de guerra a un campamento de refugiados desconocido.
A esa mujer que veré mañana en el mismo escenario, la conozco también. Es mi hija, a la que he abandonado en mitad de los poemas para que aprenda a andar y eche a volar hacia lo que hay detrás del escenario. Ojalá cause la admiración de los espectadores y la desilusión de los cazadores. Y mira por dónde, un amigo astuto me dice: es tiempo de que pasemos, si es que podemos, de ser compadecidos ¡a ser envidiados!


[MAHMUD DARWISH. La huella de la mariposa. trad. Luz Gómez García. Valencia, Pre-textos, 2013.]



MEMORIA PARA EL OLVIDO
 

Llegué a Beirut hace treinta y cuatro años. Tenía seis. Me pusieron una gorra en la cabeza y me dejaron en la Plaza de Burch. Había un tranvía. Me monté, y echó a andar sobre dos líneas paralelas. Ascendió sobre algo que yo no sabía lo que era. Se subió sobre los raíles y echó a andar. El tranvía echó a andar. No sabía yo cuál de las dos cosas movía este juguete grande y alborotador: los raíles del suelo o las ruedas que daban vueltas sobre los raíles. Miré por la ventanilla. Vi muchos edificios, y en los edificios muchas ventanas, y por las ventanas se asomaban muchos ojos, y también vi muchos árboles. Cuando el tranvía se pone en marcha corren los edificios, y los árboles corren. Todo corre cuando el tranvía corre. Al final, el tranvía volvió al mismo sitio en el que me habían puesto la gorra. Mi abuelo me cogió entre sus brazos rebosante de cariño. Me subió a un coche, y nos fuimos a Damur. Damur era más pequeño que Beirut, pero más bonito, porque tenía un mar más grande. Aunque no había tranvía. ¡Llevadme al tranvía!, y me llevaron. De Damur solo recuerdo el mar, las plataneras —¡qué grandes son las hojas de las plataneras...! ¡Qué grandes!— y las flores rojas que colgaban de las paredes de las casas. Cuando volví a Beirut, hace diez años, lo primero que hice fue tomar un taxi. Lléveme a Damur, le dije. Llegaba de El Cairo, siguiendo a un niño que daba pasos que no correspondían a su edad, mayores que él, mayores que sus pies —¿era a los pasos o más bien al niño, o en realidad a la familia que cruzó el desierto tratando de alcanzar aquel lugar que no habrían de encontrar, como Kavafis no encontraría su Itaca?—. El mar seguía en su sitio. Parecía empujar a Damur hacia el levante para hacerse mayor. Yo también me había hecho mayor. Me había convertido en un poeta que buscaba al niño que llevaba dentro, a ese niño que abandonó en alguna parte y al que había olvidado. El poeta envejece sin dejar crecer a aquel niño olvidado. De aquí son las primeras imágenes que recuerdo. Aquí aprendí las primeras lecciones. Aquí me dio un beso la dueña del jardín. Aquí robé la primera rosa. Y aquí esperó mi abuelo el día en que los periódicos anunciaran el retorno. Sí, veníamos de los pueblecitos de Galilea. Dormimos una noche junto a las aguas repugnantes de la alberca de Remech, con los cerdos y las vacas. A la mañana siguiente nos dirigimos hacia el norte. Cogí moras en Tiro. Y llegamos a Yasín. Nunca antes había visto la nieve. Yasín era una granja entre nieves y cataratas. Nunca antes había visto las cataratas. Tampoco sabía que las manzanas colgasen de las ramas de los árboles —yo creía que nacían en sus cajas—. Llevamos una cesta de mimbre y las cogemos del árbol. Quiero esta. Y aquella. La cojo. La lavo en el arroyo que baja del monte por las acequias que corren entre las casitas, con sus coronas de tejas. Pero cuando vino el invierno no pudimos soportar el mordisco frío de los vientos y nos mudamos a Damur. El sol declina robándole tiempo al tiempo. Y la mar, retorciéndose como el cuerpo de una amante, grita en la noche, grita para la noche. El niño fue a buscar a su gente, allí, lejos, en una lejanía que no encontró allí lejos. Y mi abuelo murió con la vista fija en una tierra encarcelada tras una cerca, en una tierra cuya piel de trigo y sésamo, de sandías y melones, maquillaron con toscas manzanas. Mi abuelo murió contando la ausencia, las estaciones y los latidos del corazón; con los dedos de sus manos resecas. Se desplomó como un fruto al que siegan la rama que le da la vida. Le habían podrido el corazón. Cansado de tanto esperar en Damur se despidió de sus amigos, de su narguile y de sus hijos, me cogió en brazos y regresó para encontrar lo que allí no había encontrado. Mientras, aquí, los extranjeros se multiplicaban y agrandaban los campos de refugiados. Y fue una guerra..., y dos, y tres, y cuatro. La patria se alejaba más y más de ellos, y ellos, tras probar la leche de la unrwa, se alejaban cada vez más de la leche de sus madres. Compraron fusiles para acercarse al país que se les escapaba de las manos. Rehicieron su propia identidad. Reconstruyeron la patria y echaron a andar. Pero los defensores de las guerras civiles les bloquearon el camino. Trataron de afirmar sus pasos, pero el camino salió del camino. El huérfano habitó la piel del huérfano, y el campo de refugiados entró en el campo de refugiados.

[MAHMUD DARWISH. Memoria para el olvido.  Tiempo: Beirut. Lugar: un día de agosto de 1982. trad. Manuel C. Feria García. Madrid, ediciones del oriente y del mediterráneo, 1997.]

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