Ruz Shumali Mesleh

                                                  HÁNZALA ROMPE EL MURO

lunes, 10 de junio de 2002


Las dos de la mañana y sigo leyendo. Llega el sonido, monótono, de los aviones de reconocimiento que en Líbano llamábamos «Umm Kámil». Un sonido al que uno se acaba acostumbrando como si fuera parte de un cansino presente. El eco de Umm Kámil significa el preludio de algo mayor: esos aviones se dedican a fotografiar desde allí arriba nuestra vida diaria. Los Apache vuelan muy alto. Puedo oírlos surcando el cielo. El ruido viene y va, pero no deja de estar allí. Ruido de tanques. Con el miedo nos hacemos todo oídos. El eco lejano de un tiroteo. El ruido de los Apache se acerca. Más cerca. Un ruido que deja a la noche sin voz. Están volando en semicírculo sobre el valle que se extiende desde debajo de nuestro edificio hacia la Muqátaa, la residencia de nuestro presidente. Lo llaman «el valle de Jallat Al-Adas». Los pájaros se sienten seguros en él. Algunas veces ves pasar una gacela. Este lugar fue un pastizal para las gacelas antes de que las carreteras de circunvalación de los israelíes mancillasen la pureza del valle. Ahora se aproxima el rugir de los helicópteros. Los siento justo encima de mí. Dejo mis papeles sobre el escritorio y salgo al balcón a ver qué ocurre. El ruido está sobre mi cabeza, todo mi interior siente las vibraciones del estruendo y la trepidación del helicóptero al dar media vuelta para reiniciar su ronda. ¿A qué esperan los Apache? ¿Cuál es su objetivo?
Nadie esperaba este ataque. Sharon ha salido de viaje para reunirse con el presidente estadounidense. Aquí todos siguen pendientes del cambio ministerial anunciado tras el mediodía. Nadie había previsto este ataque, nadie estaba preparado. La gente no ha podido agolparse ante las tahonas para abastecerse de lo necesario tal y como solía ocurrir antes de cada incursión. Incursiones que se suceden. Vienen, con sus tanques, con sus aviones, con sus helicópteros, con miles de soldados, nos zarandean y nos dejan el corazón sumido en un puño. Hasta la posibilidad de que algún día los aceptemos, hasta eso quieren arrancarlo de raíz. «Aceptarlos» significa que podemos actuar; y esta posibilidad les aterra. Nos quieren incapaces, inertes. Les encanta poder hacer hoy de cazadores después de haber sido, en otro tiempo, víctimas.
La noche transcurre despacio, pesada y calurosa. La temperatura es más alta de lo normal a estas alturas del año. 38 grados esta mañana. El viento cálido y arenoso del jamasín deja su impronta en las azoteas y entra por las ventanas y grietas para reducir aún más el poco espacio libre que nos quedaba para respirar.
El alba se abre paso con un ruiseñor que ha decidido cantar a la mañana. Los dos helicópteros Apache se quedan suspendidos ante el balcón que da al valle. El morro, puesto en dirección a la Muqátaa. En un instante, el árbol de sombra frondosa se inflama. El repiqueteo de las ametralladoras del Apache continúa. Los helicópteros se alejan e inician otra ronda: parece que estuvieran supervisando lo que acaban de hacer en tierra firme. Sigue el repiqueteo. Otra vez. ¡El árbol! Miré con atención para descubrir qué escondía ese árbol en llamas que había merecido el castigo. Frondoso, puede que desde el aire parezca una caverna de tantas ramas, hojas y nidos de pájaro como alberga. Calla el ruiseñor. Los helicópteros se alejan pero siguen en el horizonte. El tiempo ya no existe. El tiempo se ha convertido en repiqueteo de jaqueca. Vuelve el sonido monótono: Umm Kámil está haciendo fotografías. Los helicópteros volverán. Los helicópteros regresan. Peinan el terreno en dirección a la Muqátaa. Observo el valle con atención por si logro entender el secreto de este ataque contra los árboles. Me pongo las gafas y escudriño. ¿Qué verán los helicópteros en este valle?
Solo han pasado tres días desde la última vez que los tanques y los helicópteros atacaron Ramala. Fue el jueves. Como de costumbre, me dirigía al instituto en Al-Charafa. El centro de Ramala bullía de gente. Todo hacía suponer que la ciudad estaba empezando a recobrarse tras la gran invasión. Pero las palabras de un viandante me horadaron los oídos. «Avanzan hacia Ramala». No me lo podía creer. No había habido indicios, ni preámbulos, nada que invitase a pensar que tal cosa podría ocurrir. Tenía que tratarse de una broma. Proseguí mi camino hasta el instituto. Aún no habían dado las tres. Fui la primera en llegar. Encendí el ordenador y no bien había empezado a trabajar cuando sonó el móvil. Mi marido. O sea, que la cosa era grave. Los israelíes estaban en Ramala. En menos de dos minutos apareció con su coche: íbamos a Al-Manara a recoger a mi hija Abir. La ciudad que hacía tan solo un momento rebosaba vida se estaba quedando vacía. Las tiendas, cerradas, y los coches, abandonando a toda prisa el centro de la ciudad. Nada más llegar a casa oímos con toda claridad el repiqueteo de los helicópteros. Luego las balas. Los helicópteros siguen en el aire. Irrumpen en nuestras vidas diarias con la fuerza de sus aviones y sus tanques. Los niños entran en las casas. En contra de lo normal, nadie anda por las calles. Todos aguardan tras las ventanas; todos, con la vista fija en el ruido.
Matan, arrestan. ¿A cuántos han matado hoy? ¿A cuántos han arrestado? Lo primero que se le viene a uno a la cabeza todos los días por la mañana. Una espiral sin fin. Pero nosotros, a pesar de todo, seguimos dándonos los buenos días. La Muqátaa, en ruinas. Ahora están destruyendo el dormitorio del presidente. El bloqueo que ha seguido a este bombardeo es mayor que el que deparó la gran invasión. Pero hoy no se habla mucho de ello. Ahora se habla menos que antes de lo que ha ocurrido aquí aun cuando la ocupación y las incursiones continúan con mayor brutalidad que en ocasiones precedentes. La diferencia es que ahora ellos, en apariencia, se han retirado. Pero, en realidad, siguen presentes, mucho más presentes que antes.
Los colores de la mañana cambian. Las voces de la mañana cambian. El olor fresco de la mañana, también. En Jallat Al-Adas oyes en invierno el agua de las cumbres agrupándose y derramándose con fuerza en medio de la montaña. Un estrépito de cascada que, gracias al eco del valle, te hace creer que toda el agua del mundo ha ido a parar allí. En las mañanas de verano puedes oír también, por entre el agua que fluye, el canto del ruiseñor. Primero el ruiseñor y después el resto de pájaros. Todos los tipos de aves que hay en Palestina se encuentran en este valle. La abubilla, la golondrina, el gorrión... Hasta el halcón puedes verlo abalanzándose sobre su presa. Este valle es algo así como una zona protegida para los pájaros. Los gorriones anidan en mi ventana. Lo descubrí un día por casualidad. Estaba tratando de quitar la contraventana para limpiarla pero no podía. Me subí a la escalera y desarmé la caja de madera. En mitad de la caja, por la parte de atrás, había dos huevos. La madre volaba alrededor, al otro lado de la ventana. Ese día decidí que no había necesidad ninguna de limpiar la contraventana y volví a poner la escalera en su sitio.
Los helicópteros, los tanques, los carros blindados y los aviones Umm Kámil afean el rostro de la mañana, afean el rostro de la tarde. Sus proyectiles y sus ametralladoras lo ensucian todo. Abir viene al oír el estruendo del bombardeo. Generalmente, tiene un sueño ligero: la despiertan los ruidos extraños que irrumpen en su mundo. Trata de no oír. Sube el volumen de la música para atrincherarse en su mundo. Trata de taparse los oídos ante cualquier cosa que no sea música. Pero da un respingo cuando empieza el bombardeo. El estrépito del bombardeo nos resulta ya tan próximo que ha terminando por habitar dentro de nosotros. Ya nadie puede aislarse de él. Mira el valle, el árbol en llamas y dice:
—Les están cortando los caminos. El problema es que nadie se esperaba este ataque.
Vuelven los helicópteros. No cejan en su empeño de peinar el valle. A unos cuantos metros más allá de nuestro edificio, un pastor se sienta con su gran rebaño y sus siete perros. Le digo a mi marido:
—A lo mejor se piensan que todas esas ovejas son personas.
Mi esposo ríe como si acabase de contarle un chiste:
 —Sus fotos reflejan todo tal cual es. No se equivocan.
El pastor desciende con el rebaño y los perros hacia el valle. Sigue el curso del agua en dirección este. Luego tuerce hacia el norte y desaparece entre los árboles aunque el ladrido de sus perros sigue oyéndose a lo lejos.
Todo esto no les basta. Vienen ellos en persona. Más de quince soldados bajan al valle y lo registran por el lado que queda más próximo a donde estamos nosotros. Puede ser que haya más soldados en los flancos restantes. No arrestan a nadie; a lo mejor no había nadie. A lo mejor solo habían visto ovejas. Vuelven a sus vehículos y se marchan. Pero Umm Kámil no deja de acechar desde el aire, tomando fotos «de recuerdo».
—¿Oyes la voz de los polluelos? —dice mi esposo para darme ánimo.
Los dos huevos se han abierto. La madre tiene ahora una nueva ocupación: la de alimentar a sus crías. Mi marido pone a escondidas migas de pan en el balcón para que las vean los pájaros. Me doy cuenta al regar las plantas que tenemos en la terraza.
Los helicópteros regresan después del mediodía. Una nueva ronda. La oficina del presidente sigue cercada. Se supone que debería haberse celebrado la primera reunión ministerial pero, en vez de eso, Sharon desafió a la Autoridad Nacional y atacó la Muqátaa. Sharon no quiere otra cosa que suprimir la presencia palestina y la capacidad de los palestinos para decidir por sí mismos. Por eso, no se contentará con nada. Algunos reducen la cuestión a Sharon y Arafat. Pero el problema es mucho más profundo. Sharon desafía lo que Arafat representa. Quieren el cambio pero ¿el cambio de qué? Quieren domesticarnos, he ahí la verdad. Igual que en la obra de teatro La fiera en el circo, escrita por Mahyub Omar y dirigida por Roger Assaf. La representaron en el campamento de Chatila hará unos treinta años. Lo recuerdo muy bien. Trataba de unos cazadores que no querían cazar el león sino obligarle a entregarse por propia voluntad: un requisito imprescindible para poder domarlo. Y para conseguirlo hacían todo lo que estaba en sus manos.
Quieren que cambiemos, que «nos cortemos las uñas» y nos hagamos «civilizados». Israel, la última potencia de ocupación que existe en el mundo, viste guantes de seda y mantiene su discurso de siempre como si estuviese sufriendo ataques terroristas. El mundo occidental corta la baraja. El terrorismo es una palabra nebulosa que implica todo y nada. Nuestro discurso sigue siendo frágil. La batalla la termina ganando el poderoso cuando la voz de la justicia desaparece y se impone la de los medios de comunicación. Aprendimos en las universidades occidentales a ser precisos a la hora de hablar. Y ahora vemos que Occidente no hace otra cosa que generalizar. El pragmatismo justifica los medios. Así, las cosas pasan a verse desde un prisma maquiavélico.
Abir dice, mirando la terraza, que «el pajarito» está aprendiendo a volar. Este pájaro volará libre de un sitio a otro. Podrá volver a su nido cuando quiera. Pero a nosotros se nos prohíbe desplazarnos, se nos prohíbe ser libres. Pueden hacer con nuestras vidas lo que quieran, todos los días. Cercados de hecho. ¿Quién de nosotros puede salir de Ramala sin correr peligro? ¿Qué habitante de la ciudad puede entrar en Ramala? El puesto de control de Ramala no estaba hace dos años. Solo estaba el de Al-Ram, que te daba acceso a Jerusalén si tenías un permiso o bien podías evitarlo dando un rodeo. Pero ahora, en lugar de un puesto de control hay varios. Los de Qalandia y Surda han aislado Ramala del resto de ciudades de Cisjordania y sus pueblos. Hasta los habitantes de los pueblos de Ramala no pueden entrar en Ramala. El asedio ha hecho de cada ciudad, de cada pueblo, un gueto en sí mismo. No puede haber imbricación entre las ciudades y los pueblos bajo el asedio. Al campesino que espera que sea temporada para ir a vender sus cosechas en la ciudad se le prohíbe entrar o salir de su pueblo. El estudiante que cursa sus estudios en la universidad de Birzeit o en la de Jerusalén no puede abandonar Ramala. El paso de Surda y el de Al-Ram son los portones de la cárcel en que se ha convertido Ramala y un símbolo con el que fomentar la ignorancia y el hambre. El asesinato de todos los derechos humanos reconocidos por los acuerdos internacionales.
Pero cuando los acuerdos internacionales, lo mismo que las resoluciones internacionales, tienen que ver con Palestina, todo se suspende y paraliza. La delegación del Parlamento de Escritores dijo durante su visita solidaria a Palestina: «Ninguna cuestión hay tan clara como la vuestra». La cosa está bien clara para muchos judíos e incluso para algunos israelíes. ¿Pero eso basta? El gran padrino, el que diseña los nuevos rasgos de este mundo, tiene otro punto de vista. El carnicero de inocentes tiene otro punto de vista. Los palestinos tienen derecho a un Estado. Eso dicen. Pero, desde la óptica del gran padrino, el Estado debe cumplir unos requisitos, por ejemplo, pagar un impuesto de sangre palestina y limitarse a salvaguardar la existencia de Israel. He aquí el Estado que tanto ansían.
Solo se puede hablar de cambio en este contexto. Por lo tanto, el que se renueven los cargos ministeriales, se elija un consejo legislativo o se organicen unos nuevos servicios de seguridad sólo tiene importancia si se hace dentro del marco de comprensión requerido. A Saad Haddad, el aliado de Israel en la franja ocupada del sur de Líbano, le hicieron muchas promesas. Ahora ves a los miembros de su Ejército del Sur de Líbano apostados en los controles y entrando por la fuerza en las casas. ¿Es éste el cambio del que tanto hablan? ¿El proceso de paz fue algo real o una estratagema para ganar tiempo en espera de que la sangre palestina reventase desde dentro? ¿Una sugerencia que, se esperaba, los palestinos rechazarían por creer que ellos tenían más derecho que nadie a reclamar esta tierra?
Recuerdo la primera vez que visité Haifa, a principios de 1995, cuando parecía que se hablaba en serio sobre la paz. Yo había vuelto a mi tierra después de medio cuarto de siglo en el exilio. Por aquel tiempo, daba clase en la universidad de Belén. Los alumnos se disponían a ir a Haifa y, puesto que no la conocía, no dudé un segundo en acompañarlos. Nunca había tenido contacto alguno con israelíes, solo con los que revisan la documentación en el puente. Me senté en la playa de Haifa a contemplar el mar que se extiende hasta Beirut, igual que solía hacer en Beirut con el mar que se extiende hasta Haifa. La voz de una madre hablándole dulcemente a su hija en el banco de al lado en un idioma que no entiendo. Por unos momentos olvidé que estaba en Haifa. La madre hablaba con la niña en hebreo. No entendía lo que decía pero el idioma de los ojos y el cuerpo reflejaba una gran remesa de amor. Entonces pueden amar. Como nosotros. ¿Pero qué ocurre cuando el asunto tiene que ver con los otros? Mis cavilaciones se vieron interrumpidas de súbito por las voces de los estudiantes. Discutían con unos agentes de seguridad israelíes que les pedían que abandonasen el lugar.
La seguridad israelí, el sempiterno pretexto de chantaje. Irrumpen en las casas con la excusa de la seguridad y cierran las carreteras con la excusa de la seguridad aun cuando saben muy bien que el que va a realizar una operación militar contra ellos no ha de pasar por los controles. Bombardean las escuelas, asedian los hospitales, detienen las ambulancias palestinas y los coches de la Cruz Roja con la excusa de la seguridad. Abren fuego contra nuestros médicos aduciendo que no se han detenido en la barrera. Pueden matar a cualquiera con la excusa de que se aprestaba a cometer un atentado suicida. Pero solo la justicia puede garantizar su seguridad. Su mayor garante es un Estado palestino independiente. La justicia es el pilar de la paz. Toda vez que la justicia sufre un tropiezo, la paz y la posibilidad de hacer la paz se alejan. ¿Quién curará las heridas provocadas por la política de esos neonazis que han arruinado el cuerpo y el espíritu?
Otra vez bombardean el árbol y los árboles que están junto a él. Así se hizo en Vietnam en otro tiempo. Aran el valle, un refugio para los pájaros, con ametralladoras. Los helicópteros se cansan de bombardear el valle y dan media vuelta en dirección oeste. Un halcón planea detrás de ellos, se eleva y después desaparece en el horizonte dejando tras de sí a los helicópteros, que parecen ahora mucho más pequeños que cuando estaban atacando el valle. Y allá, muy lejos, Umm Kámil gira y gira sin dejar de sacar fotos, preparándose para una nueva incursión.

martes, 11 de junio de 2002
 

Imponen el toque de queda en Ramala. No salimos de las casas. Los niños no van a las escuelas, nadie va a trabajar. Tampoco los obreros de la obra de al lado de casa. Únicamente el pastor cruza el valle desde un extremo a otro. Su pasaporte es su rebaño, y un burro que le sirve de montura y siete perros que ladran con fuerza cuando se acercan al río que discurre frente a nuestro edificio para avisar que han llegado. El pastor va en su burro rodeado de las ovejas, circundadas a su vez por los perros. Un monarca entre sus súbditos: ¿quién rehusaría desobedecer una orden suya? Casi todos los días le oigo hablar con sus reses y perros. Se ha forjado una forma de hablar que te hace extraviarte en su voz. Me recuerda a mi gato, que maullaba de forma espantosa, pero que cuando hablaba con sus cachorros adoptaba un tono profundo y tierno. Hay algo en la maternidad que no se puede explicar solo con la razón. El pastor se sienta bajo un árbol frondoso dejando a los perros la tarea de cuidar del rebaño. Ayer estaban todos aquí cuando los Apache atacaron el valle. Entonces, el pastor esperó a que hubiese un momento de calma entre bombardeo y bombardeo y se volvió por donde había venido con su rebaño y sus perros. Ayer, aquí, fue un día terrible. Nadie abandona su casa en una hora como ésta; solo alguien que no oiga las noticias o que no oiga nada en absoluto. Ya está aquí de nuevo. Regresa al mismo lugar. Elige su árbol y planea en un mundo en el que nadie más puede entrar.
Antes del mediodía, anuncian que se levanta el toque de queda desde las cuatro hasta las siete. Salimos a comprar lo que nos hace falta. Esta incursión nos ha cogido por sorpresa: no nos habíamos preparado. Rescribimos, tachamos de la lista las cosas superfluas y dejamos las imprescindibles. Nos ceñimos a la lista. Todos queremos salir, no solo para hacer la compra sino también para ver qué ha ocurrido en la parte vieja de Ramala. Se dice que la explosión habida tenía como objetivo la oficina de Fath colindante con la sede del Centro de Arqueología. Espero que la noticia no sea cierta porque la gente especula mucho algunas veces. Los dos edificios son de piedra y llevan el sello arquitectónico clásico de las casas viejas de Ramala. Las tejas rojas me hacen recordar las casas de Monte Líbano, lo mismo que Chamlán siempre me hizo pensar en Ramala. Las dos casas, una enfrente de la otra, están separadas por una estrecha carretera que conduce a los coches hacia Ain Misbah. Estos dos edificios eran lo primero que veía al salir de la casa a la que nos fuimos a vivir cuando dejamos Beit Sahur. Nos costó mucho tomar esta decisión. Pero las carreteras cortadas y los puestos de control hicieron que vivir en Beit Sahur se convirtiese, para quienes trabajasen en Ramala, en algo fatigoso y costoso tanto en el aspecto anímico como en el económico. Eso por no hablar del camino en sí, lleno de inciertos peligros. Cuatro años viví en esa casa y nunca, cuando pasaba por allí, dejé de mirar con admiración los dos edificios. Cuanto describía el emplazamiento de mi casa a algún amigo le pedía que los tomase como referencia. Si seguían sin hacerse una idea les decía que se pusiesen delante del Centro Arqueológico mientras yo me asomaba desde el balcón. Vivíamos en un cuarto piso y desde la terraza veía ambas casas como si fueran dos cuadros a un lado y otro de la carretera.
Recuerdo muy bien la primera vez que la cosa se puso fea en Ramala. Los helicópteros destruyeron el edificio de la policía en Al-Bira. Entonces vivíamos en esa casa y se esperaba que atacasen la sede de Fath. Ese día mi esposo propuso irnos a Al-Tira, a casa de unos familiares. Pero mi hija Rima se negó en redondo. Mi esposo creía que iban a atacar el contiguo edificio de Fath. Entre la insistencia de mi marido y la renuencia de mi hija decidimos irnos pero solo por unas horas. Luego volveríamos a casa a dormir. Ese día, los helicópteros bombardearon el centro de instrucción de Al-Tira. Pudimos presenciarlo todo con claridad. Los helicópteros daban vueltas inspeccionando el terreno y cuando tenían algo a la vista arrojaban su lava. Un miedo que descubre la desnudez de un miedo, las noches de Beirut que, desde aquella noche, vuelven a allanar la memoria.
La prohibición de salir a la calle que, según se anunció antes del mediodía, iba a ser suprimida temporalmente, va a seguir vigente. La razón, se dice, hay que buscarla en los enfrentamientos que se están produciendo en Al-Manara. El pastor no necesita oír noticias de este tipo puesto que ya ha tomado una decisión. Es dueño de sus actos y en nada le va si hay toque de queda o deja de haberlo. Vuelvo a la terraza a asomarme al valle. El pastor prepara al ganado y los perros para la vuelta. Empieza el camino de regreso. El pastor monta su borrico y habla con sus ovejas emitiendo ese sonido que parece un balido. Va el primero, seguido por las ovejas. Los perros corren para reunir el rebaño. El cortejo reanuda la marcha hacia el este. Cuando estoy a punto de entrarme oigo un balido que parece un lloro. Miro hacia el lugar de donde procede la voz. Una oveja blanca está de pie, sola, sobre una roca que se asoma al río. ¿Es miedo? ¿Las ovejas tienen miedo? ¿Tendrá miedo de las otras ovejas? El viento silba como en los días de invierno. Ayer la temperatura era más alta de lo habitual en esta época del año. Hoy hace menos calor y el aire dulcifica el clima pero también lo perturba. A lo mejor estos resoplidos intempestivos del viento que rugen con tristeza han asustado a la ovejita, que se ha subido al peñasco a llorar. George Orwell, en su Animal Farm, describe a las ovejas como seres que no piensan y repiten todo lo que dicen los demás. Incluso, la gente de nuestra tierra suele decir de quien sigue a los demás sin reflexionar que es «como una oveja». Pero esta oveja se resiste a obedecer las órdenes. El pastor oye el balido quejoso y con su voz la conmina a seguirle. Pero la oveja sigue en su sitio. El pastor lo intenta una segunda vez y otra más pero la oveja no se mueve de su sitio. Montado en su burro y acompañado por un perro, se dirige hacia la oveja tras dejar el rebaño al cuidado de los perros restantes. Se baja del burro y, diciendo algo, se acerca a la oveja, pero esta se aparta de él. La golpea con una piedra con el propósito de amedrentarla pero el animal sale corriendo. El pastor va tras ella, lo que lo aleja más y más del rebaño. El perro que lo había acompañado deshace el camino y el pastor se queda solo en su intento de alcanzar a la dubitativa oveja. ¿Tenía Jesús razón cuando dijo que el buen pastor dejaría a todo el rebaño para buscar a un cordero descarriado? El pastor le dice algo al animal y se vuelve por donde ha venido. La res deja de huir. Mi marido dice con voz resuelta:
—No va a abandonar todo el rebaño por una sola oveja.
Pero los pastores tienen un idioma especial para comunicarse con el ganado. Seguro que sabe que volverá. La oveja sigue quieta mientras el pastor retorna al rebaño que le espera al pie del monte. Cuando éramos pequeños, nosotros hacíamos lo mismo con los mayores. Nos escondíamos y esperábamos a que nos buscasen; y cuando nos encontraban hacíamos como que dudábamos en dejar nuestros cubiles. Queríamos prolongar el juego del escondite. Así calibrábamos el alcance de su amor por nosotros. A veces, los mayores dejaban de prestarnos atención cuando comprendían el propósito del juego; cuando comprendían que no les necesitábamos. Nosotros seguíamos escondidos con la esperanza de que reanudasen la búsqueda. Pero, al poco, nos dábamos cuenta de que el juego había terminado.
El perro va una vez más hacia la oveja, que se había atrincherado en la roca. Se encarama al promontorio donde está la roca y después baja, solo, como si esperase que la oveja pudiese seguirlo, ahora que se ha cerciorado de que está sana y salva y puede andar. Pero la oveja permanece impasible, mirando al perro mientras este se aleja. ¿Tendrá miedo después de haber visto los helicópteros atacando el valle? ¿O es que la imagen de los soldados que asolaron este mismo lugar ayer le ha hecho tener miedo del valle y por eso prefiere refugiarse en ese peñasco en previsión de un nuevo ataque? ¡Quién sabe lo que piensan ovejas y corderos! Si alguien sabe, solo puede ser ese pastor que las acompaña. Creo que la relación entre el hombre y el animal genera un código de interpelación que ambos entienden. De otro modo, ¿cómo podría yo entenderme con mi gato y saber lo que quiere?
¿Tenía razón mi marido? El pastor espera junto a su rebaño en la parte inferior del valle. El ganado pace a su alrededor bajo la atenta mirada de los perros. Cuando el otro perro llega a su altura, el pastor empieza a emitir esos sonidos que su rebaño ya conoce. Ahora su voz es más alta de lo normal, como si quisiera que lo oyese la oveja. El hombre está dando la señal de que se van, los perros reúnen las reses. El pastor monta a lomos de su borrico, echa una mirada a su alrededor, se asegura de que todo está listo para reemprender la marcha. El cortejo regresa y el pastor no deja de convocar y azuzar a su grey para que no deje de avanzar. De vez en cuando se vuelve hacia atrás pero la oveja no aparece.
Desde el fondo del valle surgen dos jóvenes. ¿Estarán ahí desde la noche pasada? Puede ser. ¿Toda esa locura de truenos que azotó el valle ayer iba dirigida contra ellos? Puede ser. Pero nadie lo sabe a ciencia cierta. Ellos también están infringiendo el toque de queda. A lo mejor ni siquiera saben que había. ¿Se habrán decidido a salir al ver al pastor? Todo puede ser. Lo que sí es seguro es que los árboles no les han negado su compasiva salvaguarda.
El pastor se vuelve y mira fijamente antes de torcer hacia el norte con su séquito. Dejando a un lado el camino que lo bordea, surca el monte por una senda excavada por las aguas que caen en torrente invierno tras invierno. Los observo mientras desaparecen detrás del monte. El hombre sigue hablando con su ganado con una voz más alta de lo normal que retumba de cuando en cuando en los confines del valle. Después, va bajando de forma progresiva hasta que deja de ser perceptible. Se me pasa por la cabeza que, a lo mejor, detrás del monte hay otros jóvenes escondidos que al oír al pastor se resolverán a volver a sus casas.
Los niños también se rebelan. Se suponía que debían estar en la escuela haciendo los exámenes finales. Pero el ataque de ayer y el anuncio del toque de queda han impuesto una nueva realidad sobre el terreno. Los niños juegan en la calle. Dawud y su hermano Nabil solían salir a jugar antes que los demás. Pero se habían ido con su familia a Qalqilia hacía dos días. Suerte que tienen: ayer no estuvieron aquí.
Un pajarito echa a volar ante mí. También él se resiste al toque de queda. Lo miro con atención. Es el polluelo que ha roto el cascarón hace poco en la contraventana. Tras volar como mucho un metro se posa en una protuberancia de la pared. Descansa un poco y mueve las alas para posarse en otra protuberancia. La madre sigue sus primeros pasos desde lejos y después le deja para que eche a volar hacia la distancia, hacia un espacio lejano en el que no haya toques de queda ni asedios.

miércoles por la mañana, 12 de junio de 2002
 

Suena el teléfono. Debe tratarse de algo urgente, a estas horas de la madrugada. Mi esposo corre hacia el auricular y al cabo de unos minutos vuelve.
—¿Qué ocurre? —pregunto nerviosa.
—Era el vecino, que han levantado el toque de queda desde las ocho hasta las once —responde en tono tranquilizador.
Mi marido y mi hija se aprestan a salir. Mi marido va a comprar algunas cosas para la casa tal y como habíamos acordado ayer; Abir se pasará por el trabajo para decir que la agresión israelí no le ha causado daño alguno. Mi esposo me da la taza de café diciendo con voz que quiere ser normal:
—Parece que «tu ovejita» ha pasado aquí la noche.
—¿Cómo lo sabes?
—Por los balidos.
Doy un salto veloz hacia el balcón y miro hacia el lugar donde la vi la última vez. Está en el mismo sitio, el balido llega triste desde allí abajo. Se acerca a los bidones de agua que los agricultores y los pastores ponen para abrevar a sus burros y rebaños. Comienza a beber pero, de repente, se revuelve asustada como si hubiera oído algo. En esta mañana, tan bella como siempre, solo se oye el canto melodioso de los pájaros. Y, de vez en cuando, el lánguido balido de la oveja llamando a su madre o a su pastor. Da vueltas sobre sí misma mirando en todas las direcciones, balando en todas las direcciones. ¿Habrá estado dormida todo este tiempo? ¿O ha intentado volver y no ha sabido por dónde? ¿Por qué no ha vuelto el pastor? Este tiene que ser el «mal pastor». La oveja bala y espera unos momentos por si oye alguna respuesta. Pero cuando esta no llega vuelve a balar. Oigo que alguien está en la terraza del piso de arriba y después la voz del niño Muhámmad preguntándole a su padre por la oveja que llora. No oigo la respuesta pero siento cómo Muhámmad, igual que yo, mira la oveja y hace algún comentario esporádico. La oveja baja de su promontorio y se dirige hacia el río. Parece dubitativa y temerosa. A cada paso se gira para asegurarse del camino. Parece que ha llegado a una zona que conoce. Baja más aprisa y después se detiene en la parte que sufrió el bombardeo de ayer. Emite un balido y espera un poco antes de girar hacia el este. Avanza más deprisa: da la impresión de que ha reconocido la ruta. La contemplo mientras camina apresurada hasta el lugar en el que el pastor se detiene habitualmente para reunir a sus reses antes de tirar hacia el norte, tras las montañas. La oveja vuelve a balar pero esta vez sin pena puesto que ha encontrado el camino de vuelta. Sube por la misma senda por la que lo hace el pastor cuando quiere evitar la carretera de circunvalación, esa misma senda dibujada por los torrentes de invierno. Gira por detrás del monte. La sigo con la mirada hasta que desaparece; pero sus balidos, recogidos por el eco del valle, me llegan desde lejos y puedo calcular su posición.
Pienso en ellos, en los que están refugiados entre los árboles, desprovistos de armas. Siento su respiración con el piar de los pájaros. Desde tiempos remotos, los árboles han dado cobijo cuando el peligro acecha. El hombre estaba desnudo ante la naturaleza y los árboles lo cubrieron y lo arroparon. Seguimos tocando madera para alejar los males. Nosotros, ahora, deberíamos tocar más madera que nunca porque nos hallamos desnudos ante las máquinas de destrucción y muerte. El pecho desnudo frente a las ametralladoras de los helicópteros; y antes, y en un lugar próximo, los Phantom 16.
Los árboles quedan desnudos bajo el intenso bombardeo. Quizá no sea exactamente lo mismo que Vietnam pero la situación es la misma. Los aviones de combate y los helicópteros persiguen a los fedayines en los bosques y queman los árboles para dejarlos al descubierto. Pero no se ha matado ni detenido a nadie en este valle. El proceso de paz solo lo pone en práctica una parte, la que está considerada como la más débil. El fuerte tiene la tierra, arrebatada a la fuerza, y los aviones, toda la maquinaria de destrucción que le haga falta y el apoyo de los gobiernos mundiales. El débil, por el contrario, no tiene ningún poder por mucho que le asistan el derecho y la razón. En cierta ocasión el doctor Saíd Assaf me dijo muy afectado:
—¡Nuestro destino es morir cada día para que el mundo vea nuestra tragedia!
El mundo nos mira por un filtro que únicamente muestra las imágenes que quiere ver. No ve las razones de las cosas y por eso algunos pueblos siguen sufriendo la injusticia y la violencia.
Las casas no guarecen. El total de detenidos en los dos días pasados supera el de setenta, todos ellos arrestados en sus casas. El cargo de ministro no protege: han detenido al hijo de uno de los miembros del gobierno de la Autoridad Nacional. No se han librado ni los hombres de enlace. Por la mañana, el responsable palestino de enlace negocia con los israelíes para levantar el toque de queda; por la tarde, entran en su casa y lo detienen. Ni la estricta actividad política sirve de salvoconducto. El vicesecretario del Frente Popular, Abderrahmán Malluh, detenido. La sede del presidente está acordonada por alambres de espino para impedir que nadie entre o salga. Qué absurdo negociar un proceso de paz con una potencia que piensa que está por encima de todos. Me llega la voz de mi amiga Muna a través del teléfono, desde Egipto, llena de fe:
—¡No hay más dios que Dios! —una forma de sintetizar lo que ella cree que nos espera.
Al pensar en ellos me acuerdo de ella. La ovejita también ha dormido a la intemperie, en la misma intemperie que les ha acogido a ellos. ¿Les habrá visto cuando volvía? ¿La habrán visto sola, tan sola como ellos, balando su soledad y su miedo? Mientras trabajo dentro de casa, pienso en ellos y pienso en ella. ¿Se salvarán? ¿Podrán volver? ¿Se reencontrará con su rebaño? No sé por qué me viene ahora a la memoria el cuento del conejo Peter de la escritora B. Potter. Será porque se trata de alguien que también va contracorriente. El conejo Peter sufre muchas peripecias pero al final todo acaba bien. Para alcanzar la madurez hay que partir. ¿Será lo mismo para la ovejita y aquellos hombres? Me doy cuenta ahora de que no la puedo distinguir a veces porque, parada como está, parece una piedra más. Si dejo de mirarla un rato, tengo que prestar atención a todo cuanto se mueva en el valle para volver a localizarla. Ellos también se convierten en parte del valle. A lo mejor ha sentido su presencia y esta noche ha dormido tranquila.
Oigo la voz del pastor desde lejos azuzando a sus corderos. Dejo lo que tengo entre manos y vuelvo al balcón. Por lo general, no viene a esta hora. Montado en el burro, comienza a descender la ladera del monte de enfrente. Justo detrás de él se ve la aldea de Surda, cuya entrada desde la parte de Ramala está obstruida por un control israelí que impide a los alumnos llegar a la Universidad de Birzeit y no deja desplazarse a sus habitantes. La comitiva va por el camino de tierra, exento de controles y barreras. Un cortejo así tiene que hacer ruido a la fuerza. El rebaño tuerce hacia el este por una vereda de tierra que lo conduce al centro de la montaña. El pastor va hablando con su séquito con voz que parece comprensible. Se oye, apagado, el balido de la oveja blanca a lo lejos. ¿Habrá oído al pastor y su séquito? Se eleva la voz del pastor, ahora se oye más honda y tierna, y emite un sonido parecido al balido de la oveja. Después espera. La oveja responde y espera la respuesta y así sucesivamente. La voz va marcando la dirección y la oveja apresura el paso. Su voz suena más alegre, lo mismo que la del pastor.
Oigo que el pastor da un grito de alegría. Está claro que la ovejita ha llegado al rebaño. El pastor recompone su grey. Monta el burro y enfila hacia el oeste; luego, se desvía hacia el norte por el mismo camino por el que ha venido. Su voz se va difuminando progresivamente hasta que el valle deja de repetirla.
Ruido de coches que pasan. Uno y después otro. Son las once. Llegan Abir y su padre. Han hecho la compra. Pregunto a mi marido por la parte vieja de Ramala. Deja lo que ha traído en la mesa y responde:
—La destrucción es mayor que en ocasiones precedentes, en especial en las calles.
Le pregunto por el edificio de Fath y el de restos arqueológicos. Me dice:
—Al de restos arqueológicos no le ha pasado nada, pero el de Fath sí que ha salido malparado. 
Así que parte de lo que nos dijeron ayer era cierto. La oficina en la que trabaja Abir no ha sufrido daños pero la mayor parte de las puertas de las tiendas han saltado por los aires.
Al poco un carro de combate pasa por delante del edificio en busca de algo que cazar. La primera vez que levantaron el toque de queda en Ramala durante la gran incursión mataron a un niño porque no se ciñó a las horas en que seguía prohibido salir a la calle. Caminaba a toda prisa hacia la tahona para llegar antes de que la cola se llenase de gente. Su populosa familia estaba esperando.
Suena el teléfono. Abu Náil al otro lado. Por lo general, Abu Náil sólo llama cuando hay algo importante.
—¿Cómo va todo por allí?
—Nada nuevo. Solo que ha pasado un tanque en cuanto han vuelto a decretar el toque de queda —le respondo.
—Os han enjaulado —dice en broma.
Puede ser, todo puede ser. Le pregunto:
—¿Y vosotros?
—Entraron en el edificio y pidieron a todos los hombres que bajasen.
Tras una pausa, añade en tono burlón:
—Y como yo no soy un hombre pues no bajé.
Este es Abu Náil, mezclando siempre las bromas y las veras; pero ya hable en serio o en son de guasa siempre dirá más de lo que uno cree que dice. Su columna semanal en Al-Hayat Al-Yadida te engaña al principio con su sencillez y buen humor; pero al llegar al final te das cuenta de que te ha arrastrado a una cuestión de gran calado con la que no pensabas encontrarte cuando comenzaste a leer el artículo. Le pregunto cómo se habían portado con ellos. Y otra vez medio en broma medio en serio:
—Mejor que en ocasiones anteriores. Ha habido ciertos «avances». Se limitaron a pedirnos los documentos de identidad y después se largaron.
Ahora Abu Náil pregunta en serio:
—Hemos oído un bombardeo por vuestra zona. Queríamos saber si estabais bien.
He aquí pues la razón de su llamada. Le digo que a nosotros ya nos han dado lo nuestro desde el primer día.
—Entonces preguntaré en otra zona. Adiós, señora mía.
Oímos las voces y calculamos dónde. Después llamamos a quien conocemos en esa zona para que nos digan en qué lugar concreto ha sido. Ahora bien, para saber con exactitud qué ha ocurrido habrá que esperar a que se levante el toque de queda y la gente pueda llegar a sus tiendas y oficinas. Los daños materiales pueden verse y contabilizarse pero el perjuicio mayor es el que no se ve y seguirá cubierto de llagas por muchos años. Un perjuicio que no se puede reparar con un martillazo o un cristal nuevo ni tampoco con las compensaciones de los Estados donantes.
Suena el teléfono. Mi hermano Magdi, desde Beit Sahur. Él también quiere saber qué tal estamos. Le informo de que han levantado el toque de queda. Dice con sorna:
—Eso quiere decir que se van a retirar.
Me quedo sorprendida. ¿Podrá ser? Añade, ahora en serio:
—La última vez que suspendieron el toque de queda en Beit Sahur fue, justamente, el día que se retiraron.
¿Será posible que sean tan taimados? ¿O se tratará más bien de la presión internacional o de ambas a la vez?
Oigo voces procedentes del valle y salgo al balcón. No es el pastor ni el ladrido de los perros ni tampoco las ovejas. Miro con atención por entre los árboles. No veo nada pero oigo su respiración.
La voz vuelve a cobrar importancia. En la época preislámica la poesía se declamaba; por eso, el sentido del oído adquirió una importancia especial entre los árabes. Ahora el sentido de la «voz» recupera su lugar. La vida y la muerte dependen de que la voz se oiga y se distinga. Conozco el tipo de avión que bombardea por el ruido que hace. Sé en qué dirección va el proyectil y puedo distinguir entre un tipo de bombardeo y otro. Entre el discurrir de un carro blindado y un tanque. Y no soy la única que disfruta de tamañas «habilidades». Preguntad a los niños. Ellos también saben hacerlo. A los niños de guardería y jardín de infancia solíamos enseñarles cómo distinguir los sonidos con instrumentos musicales. El resultado puede parecer el mismo pero no. La música refina y eleva el alma humana; los sonidos de la destrucción hacen que la violencia sea posible y asimilable. Ahí, en concreto, reside el peligro. En esta etapa de la vida la vejez toma cuerpo y lo que la violencia deja en el oído se expande por el alma y queda como un tumor de miedo para el futuro. El sonido del proyectil es violencia. Dice Watson en su estudio sobre el comportamiento de los niños que el miedo es adquirido pero que hay tres factores que pueden provocarlo, de los cuales el más importante es el estruendo. Tras observar detenidamente a los animales, he llegado a la conclusión de que el ruido influye también en su comportamiento. Recuerdo el día en que bombardearon el puesto de policía de Al-Tira. Estaba asomada a la ventana aguzando el oído para distinguir el ruido de los aviones Phantom surcando el cielo. Mientras, los integrantes de una familia de perros que habían convertido la plaza que hay enfrente de mi dormitorio en su lugar de residencia jugaban felices. El ruido del avión se hizo más persistente y su ominosa presencia puso una vez más a prueba nuestra capacidad de resistencia. Los perros se alarmaron y sus orejas se quedaron clavadas en el aire. Echaron a correr sin reparar en nada. El primer misil no explotó. Otra pasada, como un molinillo dispuesto a apretujarnos. Ahora. Otro misil. Estruendo. Nos sabemos su melodía de memoria. Ruido de un nuevo planeo y una tercera acometida. Al final alcanzaron el edificio y lo redujeron a ruinas. Desde ese día los perros no han vuelto. Para ellos, el lugar quedó íntimamente ligado a aquella experiencia tan cruel. Porque uno se comporta según los estímulos que recibe. O eso es lo que dicen algunos representantes de la escuela conductista como Watson en sus experimentos sobre el comportamiento animal. Los perros no volverán nunca, sobre todo después de que los helicópteros atacaran el valle de enfrente. Pero la oveja blanca sí lo hará y también los que se salvaron del bombardeo.

tarde del miércoles, 12 de junio de 2002
 

Mi vecina Soha viene a visitarnos por la tarde con Muhámmad, su esposo. No lo habían hecho desde la primera incursión. Así se conforma nuestro calendario de acontecimientos y fechas, en relación con el orden o el alcance de la invasión de turno. Soha es de ese tipo de gente que ya no queda. Pura como un niño. Por eso, casi todo le produce asombro. La primera invasión fue muy dura para todos y en especial para Soha. Pero, en nuestro edificio, fuimos capaces de formar un colectivo con el que ayudarnos unos a otros. Nos dice en broma:
—Nada puede impactarme ahora... después de todo lo que ha pasado.
—Yo soy como tú, más de mil veces me he dicho lo mismo pero siempre me quedo impactada. Por lo tanto, no te creas a ti misma —respondo yo, también en broma.
Suena el móvil de Muhámmad. Responde y al momento nos dice, apartando el teléfono, que los israelíes se retiran de Ramala para, de inmediato, reanudar su conversación. ¿Será posible? Entonces, Magdi tenía razón. Muhámmad termina de hablar y nos dice:
—La gente ya está camino de la Muqátaa.
Cuánto me gustaría ir y estar con la gente ahora. Quiero ver sus rostros.
Muhámmad comunica que todos sus compañeros han ido a la Muqátaa. Sin darme cuenta me veo repitiendo, como quien habla consigo mismo en voz alta, «quiero ir a la Muqátaa». Muhámmad se alegra, parecía que estaba esperando que alguien le pidiera algo así. Soha quiere cambiarse de ropa: «Esperadme». Pero Muhámmad no quiere perder más tiempo y logra convencer a Soha de que la ropa que lleva está bien. Llamamos a nuestros amigos de la parte vieja de Ramala para preguntarles por el camino y nos confirman que los israelíes se han retirado. Vamos en el coche de Muhámmad.
Le pregunto a Muhámmad por el ruido que hace el coche y me responde con ademán de experto:
—Viene de la calzada y no del coche. Los tanques, con su peso, han socavado las calles y por eso ahora los neumáticos emiten este triste lamento.
Río y le digo señalando hacia atrás:
—Te hablo del ruido que viene de dentro del coche.
Al oír esto, Muhámmad se acuerda de que había comprado por la mañana una bombona de gas. Soha se muestra extrañada y dice como si se hubiese percatado de algo:
—No me dijiste que la habías comprado.
Muhámmad relata la historia de la compra de la bombona:
—Fue por pura casualidad. Volvía del pueblo a casa cuando vi a una mujer mayor acarreando bolsas llenas de verduras y otras cosas. Hacía gestos con la mano a los coches que pasaban pero ninguno paraba. Era evidente que había cubierto el trayecto que va desde el pueblo a la entrada de Al-Tira cargada con las bolsas y bajo este calor. No pude hacer como que no la había visto: sabía que el toque de queda estaba a punto de comenzar. Me paré y la llevé a la puerta de su casa. La señora me dijo que me deseaba toda la suerte del mundo y bajó. Su casa daba a uno de los laterales de una tienda de bombonas de gas. Entonces me dije: «He aquí los buenos deseos de la señora. Sin ellos no habría obtenido esta bombona».
Algunas personas inspeccionan sus comercios. Hay tiendas con las puertas arrancadas y el cristal de las ventanas esparcido por el suelo. La gente se saluda, con un gesto si van en coche, o con besos y abrazos sin están en la calle. Algunos de los que van en automóvil se detienen para saludar a alguien a quien aprecian. Los coches van más despacio a medida que nos acercamos a Al-Manara debido al denso tráfico que se encamina a la Muqátaa. Esto permitía a la gente intercambiarse unas palabras y darse la enhorabuena por haber salido ilesos del ataque.
Nos acercamos a la Muqátaa. Ante nosotros, una larga fila de coches. Uno de los que vuelven de allí nos dice:
—El presidente ha saludado a la gente y ha vuelto a entrar.
En esto, Muhámmad pregunta si continuamos la marcha.
—¿Es que hace falta preguntarlo? —respondo yo.
Soha se ríe:
—Eso precisamente es lo que quiere Muhámmad... ¡Mirad, los coches!
Había un coche hecho una pelota y al lado otro completamente aplastado. Hacen lo que quieren con las vidas, las cosas y la naturaleza.
Muhámmad nos deja en el lugar más cercano al edificio adonde se puede llegar con coche y va a buscar un sitio de donde salir no resulte imposible. Hacemos el resto del trayecto a pie. Asciendo por la barrera de arena levantada por los israelíes a la entrada de la Muqátaa y bajo por el otro lado. Tropiezo y me tuerzo el pie. Soha me ayuda a llegar a la acera y a apoyarme en la pared. Una mujer tocada con el vestido tradicional palestino pasa por delante de mí. Saluda y después se detiene. Viene hacia nosotras, sonriente, como si nos conociese desde hace tiempo.
—¿Os da vergüenza ir solas? Si es por eso, yo puedo acompañaros.
La gente sencilla siempre da más y ama más. Su sabiduría mana de su sencillez y su proximidad a la naturaleza. Qué lejos quedan de la artificiosidad y los recovecos. Su vinculación a la tierra es algo que está más allá de toda discusión. Esta mujer me recuerda a Umm Muhámmad y Umm Yúsuf, del campamento de Tel Al-Zaatar, de cuando enseñaba técnicas de alfabetización hace treinta años. Y a Umm Riyad y Umm Imad, del de Sabra; allí, en el 76, estuve trabajando en la Unión General de la Mujer Palestina como responsable de la sección local. Esa capacidad de iniciativa que caracteriza a la mujer palestina yo la conozco muy bien. Así aprendí a nadar en el océano auténtico de la vida de la gente. Me convertí en parte de ellas, y ellas en parte de mí. Aprendí cómo era el trabajo colectivo y cómo el ser humano puede hacerse grande con los demás. Cómo los que apenas tienen pueden dar mucho. Cómo sin ellos no podría haber hecho lo que hice.
Los israelíes se retiran pero dejan sus huellas por doquier. Este muro que han erigido alrededor de la Muqátaa supone una violación de todos los derechos humanos. El derecho a moverse, a respirar, a tener un aire limpio, a sentirse seguros y a salvo. Los derechos humanos se convierten así en meros lemas. ¿Tanto miedo le tienen? ¿O lo quieren preso? Es un símbolo de libertad, de liberación y eso es en concreto lo que ellos quieren mantener en reclusión. Quieren que Hánzala siga dentro, detrás del muro.
Las casas vecinas a la Muqátaa también se han visto afectadas. También han profanado la santidad de sus muros y puertas. Dentro del complejo de la Muqátaa se ven las huellas de la destrucción. Hileras de mesas destruidas. Muhámmad me explica, con el tono de la persona que sabe, que «esa puerta de color ceniza es la entrada principal de la Muqátaa». Lee la pregunta en mis labios y responde:
—La puerta por la que hemos entrado es la puerta trasera, donde está el aeropuerto. Este puente —dice señalando al piso de arriba— es la galería que separa las oficinas del presidente, a la izquierda, y la sala de recepción, a la derecha.
Miro a la izquierda y veo la destrucción y la reconstrucción que se extienden desde el edificio de las oficinas a la izquierda hacia la calle Al-Irsal, que comunica con Al-Manara. Señalo la destrucción que se extiende ante nuestros ojos e inquiero:
—¿Estos escombros son de este ataque?
—Lo de la derecha lo hicieron durante la primera incursión. El resto, cuando atacaron la Muqátaa el miércoles pasado.
O sea, hace una semana para ser exactos. He aquí las secuelas de la operación que los israelíes llamaron «Cabeza de alfiler». Pican en todas partes, dejan su destructivo sello y se repliegan con rapidez. Para picar de nuevo en otro sitio. Aparece un niño con una bandera palestina en la mano y se dirige a la puerta trasera. Una madre juega con su hijo recién nacido entre el gentío. Alegría en los rostros. Les digo a Muhámmad y Soha:
—La gente está contenta.
—Tenías que haber venido cuando se retiraron la primera vez —responde Muhámmad.— El destrozo ahora es mayor. ¿Nos vamos? Quiero que veáis la parte vieja.
Damos la vuelta para salir por la puerta de atrás. Nos detiene un cúmulo de coches destrozados por las cadenas de los tanques. Cuento los que veo. Diez. ¿Todo eso para paralizar sus movimientos y agravar su reclusión? ¿Lo han logrado?
No nos resultó sencillo salir de allí. Había muchos coches. Pero Muhámmad sabe otros caminos. Nos costó encontrar una vía por la que salir a la calle principal. Los israelíes han obstruido la mayor parte de los caminos con piedras y arena para impedir el tránsito de la gente. Más coches y muros de jardines derruidos. Muhámmad afirma contrariado:
—Hacen que todo, hasta las cosas más simples, terminen resultando una complicación para nosotros. Hasta para volver a casa tienes que saber qué carretera está libre y cuál no.
Cierto. Y lo que ahora sabes que es así no lo será dentro de un rato. Tienes que preguntar a los amigos que viven desperdigados por la región de Ramala antes de desplazarte de un sitio a otro, pues de lo contrario te quedas fuera de lugar. Tienes que seguir las noticias para saber en qué zona han entrado y cuál han ocupado. Qué control de seguridad puedes atravesar, cuál puedes sortear y en cuál, si te decides a sortearlo, corres el peligro de que te disparen. Debes calcular a qué hora tienes que estar haciendo fila en el puesto de control para poder llegar a tiempo al trabajo. Has de prestar atención a los noticiarios para enterarte de cuándo comprar los víveres suficientes para ti y tu familia durante el asedio. No puedes concentrarte en tus ocupaciones porque no sabes si van a irrumpir en tu casa o van a aparecer por la zona donde vives; porque no puedes estar seguro de que volverás a dormir en tu cama. ¿Quién puede planificar su jornada, quién puede concentrarse en un libro? Lo que dijo Ibn Jaldún sobre los pueblos hace siglos es lo mismo que dijeran los estudiosos del comportamiento del individuo en la época moderna. La conclusión es la misma ya sea en el ámbito del individuo o de los pueblos. Cuesta mucho hacer grandes cosas si las necesidades mínimas no están cubiertas. Si este es nuestro caso, ¿cómo podemos pensar y crear, cómo podremos conformar nuestra identidad de seres civilizados, con rostro humano? Él no es el único que está asediado. Todos lo estamos. Nuestro presente está cercado, y nuestro futuro rodeado de alambres de espino.
La carretera socavada por las orugas de los tanques gime a nuestro paso. No ha pasado mucho desde que la asfaltaron. Cuántas veces la habrán reparado. Llegamos a Al-Manara. Vamos en coche a la tienda de helados de Rakab, una de las señas emblemáticas de la vieja Ramala. El edificio de Al-Natcha, destruido y arruinado durante la ocupación anterior y que ha sido restaurado en buena parte, ha vuelto a sufrir daños. Cristales desperdigados por el suelo. Llegamos al centro del casco antiguo. Muhámmad para cerca del Bank Al-Arabi, donde una muchedumbre mira hacia la oficina de Fath y el piso de arriba de aquel. Oigo el crujido de los cristales bajo mis pies. Pasa un coche. Uno de sus ocupantes saca un Kalashnikov y comienza a disparar al aire. Soha musita algo y yo siento rabia. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Un niño pregunta a alguien dónde estaba durante la invasión.
Muhámmad nos da detalles sobre el suceso:
—Los israelíes han hecho explotar un coche que les despertó sospechas.
—La gente se ha creído que estaban bombardeando la sede de Fath —digo.
—¿Qué otro sitio si no? —pregunta Muhámmad bromeando.
Soha le propone enseñarnos las zonas del casco antiguo que Israel ha decidido clausurar. Muhámmad señala hacia la gasolinera y después nos conduce a las callejuelas. Todas taponadas con cúmulos de arena y tierra apilados por los israelíes. Pasa un coche del Ministerio de Trabajo. En su impulso, levanta los cristales, la arena y los guijarros, los restos de hierros y piezas de coche desperdigados por el suelo. Siento dolor en el pie y el estómago. Algo en mi interior gritaba: ¿Hasta cuándo?
Nosotros construimos y ellos destruyen. Ellos destruyen y nosotros construimos. ¿Están poniendo a prueba nuestra paciencia? No quieren que muramos por temor a su propia existencia; pero tiñen todas nuestras opciones de muerte y al final nos empujan a ella muy a pesar nuestro. ¿Por qué se suicida un ser humano? ¿Se suicida el que es capaz de disfrutar de sus derechos? Una vez que la vida y la muerte se vuelven lo mismo podemos entender cómo pensaba el gigante Sansón cuando gritó: «¡Contra mí y mis enemigos, Señor!». Pues, en ocasiones, la muerte se troca en el único grito de expresión contra la muerte diaria, la muerte que renace con cada amanecer.


[RUZ SHUMALI MESLEH. «Hánzala rompe el muro». trad. Ignacio Gutiérrez de Terán. En Bajo la Ocupación. Relatos palestinos. Málaga, Centro de Ediciones de la Diputación, 2003.]

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