Aicha Auda

                                                    MUCHO MÁS QUE SUERTE

—¿Aícha? ¿Haces honor a tu nombre? ¿Sigues viva?
—¡Hombre, hubiera preferido que me preguntaras otra cosa, o que me dijeras «Feliz año nuevo»! Acabamos de volver de las vacaciones del Aíd, ¿no?
—¿Y qué me importa a mí el año nuevo?
—¿No te importa que me vaya bien todo el año?
—Lo que me importa ya te lo he preguntado.
—Se me olvidaba que eres un nihilista, que sólo crees en el momento presente.
—¿Y es que tenemos algo más?
—No me voy a poner a discutir contigo ahora, te invito a almorzar un musajjan en el Tabún.
En el Tabún nos sentamos en el lugar que tanto nos gustaba, con vistas a parte del casco antiguo de Ramala y a la zona nueva de Al-Tira. Fascinada por el espacio que se extendía ante nosotros, me dejé llevar hacia el mar por las colinas ondulantes. Al tornar la mirada, la detuve en él. Estaba embelesado oteando más allá del horizonte. Adoro demorarme en su rostro. Traslucía una oleada mitad tristeza mitad miedo, cuyas profundidades me hubiera gustado sondear. Suspiró y se dio cuenta de que le examinaba.
—Qué vista tan preciosa, ¿verdad? —le dije tratando de disimular mi embarazo.
—Sí, muy bonita —dijo, y siguió cabizbajo, ocultando la oleada de tristeza que asomaba a sus ojos y bañaba su rostro.
—¿Estás triste?
Muy lentamente, como si primero pusiera en orden sus penas, levantó la cabeza, me miró a los ojos y dijo:
—Me da pánico que me priven de Ramala.
Me pregunté por qué escondía sus sentimientos; a pesar de sus viajes, de haber estudiado en más de una universidad y en más de un país, ¿seguía siendo un campesino que se avergonzaba de decir lo que sentía?
—¿Eres pesimista? —le pregunté.
—¿Es pesimismo ver la realidad?
Me callé, pues sabía lo dura que era una realidad que penetraba en cada detalle de nuestra vida y que cada día se superaba a sí misma en un minucioso suma y sigue. Durante unos minutos reinó una tenue tristeza, que se esfumó cuando me preguntó:
—¿Qué tal las fiestas?
—¡Toda una aventura!
—¿Y eso? ¿Qué te ha pasado? —dijo ya con su buen humor de siempre.
—¿Escuchaste las noticias israelíes la víspera del Aíd?
—¿Me tomas por bobo?
—¿Es una indirecta? ¿Quieres decir que la boba soy yo?
—La verdad cae por su propio peso —bromeó, y la cara se le iluminó con una sonrisa.
—¡Que Dios te perdone!
—¿Dios? ¿He dicho una blasfemia? Has sido tú quien ha empezado su narración perversamente.
—¿Perversamente?
—Sí, con lo de escuchar las mentiras de la radio israelí.
—Vale ya. La radio de Israel anunció la víspera del Aíd que el ejército tenía órdenes de que se facilitaran los desplazamientos de los palestinos.
—Lo cual significaba exactamente lo contrario.
Decidí atajar sus sarcasmos antes de empezar con mi historia, así que le dije:
—Hoy estás más que pesimista, solo ves lo negativo.
—Apuéstate algo.
—Déjate de apuestas. Lo que quiero es que escuches mi historia sin interrupciones.
Y empecé a contarle lo que me había pasado el primer día del Aíd:
—Me levanté por la mañana de muy buen humor. Estupendo, hoy sí que va a ser un verdadero día de Aíd, me voy a ir al pueblo en el coche y voy a dar un buen paseo con mi madre: en diez minutos estoy allí. Cogí el coche en dirección este, hacia Batín. No había ni rastro de soldados en el puesto de control —estaba dando un rodeo, aparentando que todo era medio normal, lo cual pareció sorprenderle; yo me alegré y continué ya con normalidad—, solo los bloques de hormigón —se rió—. Volví a Ramala y enfilé hacia el sur, hacia el control de Qalandia. Había varios coches delante de mí, y como un cuarto de hora después ya habían pasado todos. Cuando llegué a la altura del soldado, miró la matrícula palestina y me dijo que me volviera por donde había venido.
—¿Por qué?
—Está prohibido.
—Hoy es el Aíd y quiero ir a casa de mi madre.
—Está prohibido.
—¿Está prohibido que vaya a casa de mi madre en el Aíd?
—Está prohibido pasar.
—¿Y cómo voy a ir a casa de mi madre si está prohibido pasar? ¿Es que tú no vas a casa de tu madre los días de fiesta?
Se calló un instante y me imaginé que estaba escuchando la parte humana de su conciencia. Me animé cuando movió la mano indicando que podía pasar. (Iba narrando el episodio con cierta guasa.)
Me dirigí al este, hacia Yabaa. La carretera estaba medio vacía. Escuché las noticias de las nueve y luego me puse a cantar con Fairuz.
En el cruce de Yabaa me pararon unos soldados que impedían el paso de vehículos. Intenté hablar con ellos pero me apuntaron a la cabeza con las ametralladoras. Les saludé amablemente y me volví por donde había venido.
Otra vez estaba delante de la verja de Qalandia.
—Prohibido —dijo un soldado falacha esquivando la mirada.
—¿Hay quien lo entienda? Aquí se me prohíbe volver a mi casa y en la otra verja se me prohíbe seguir rumbo a casa de mi madre. ¿Adónde queréis que vaya?
—Eso no es asunto nuestro.
—¿No es asunto vuestro que no pueda moverme?
Me miró con odio y le dije:
—Quiero hablar con tu superior.
Se aproximó un soldado que estaba de pie a un lado.
—¿Qué quieres?
—Quiero volver a mi casa, que está en Ramala.
—¿Y por qué no estás en tu casa?
¡Por Dios Bendito, vaya pregunta! Que Dios me dé paciencia, dije para mis adentros mientras me esforzaba por controlar una cólera que rezumaba por todos los poros de mi piel. Le relaté los antecedentes.
—Está prohibido —dijo, y se fue.
En ese preciso instante sentí una mano en el hombro; me volví: era Ayad, un chico de mi pueblo que había ido a caer en el mismo agujero. Me sorprendió proponiéndome que fuéramos hasta Jericó y de allí subiéramos al pueblo zigzagueando. Tenía tantas ganas de llegar a casa de mi madre que sin más le dije que sí, y rápidamente estuvimos en la carretera Jerusalén-Jericó.
No había soldados a la entrada de Jericó, solo los bloques de hormigón. Fuimos retrocediendo poco a poco en busca de algún camino local, hasta que llegamos cerca del río Al-Qalat. Allí empezó una auténtica odisea: descendimos por barrancos y subimos montes con las ruedas del coche levantando nubes de polvo y piedras, nos metimos en varios socavones, y por fin llegamos al sinuoso camino propuesto por Ayad.
A unos tres kilómetros al este de Deir Yarir, mi pueblo, había un puesto del ejército, emplazado para proteger la colonia Rimonim, levantada en las tierras de Taiba y Ramón. En muy pocas ocasiones estaba cerrado ese paso, pero ese día estaba completamente cerrado y no nos quedó más remedio que volvernos por donde habíamos venido.
Estaba tan enfadada y sentía tal rabia que por poco pierdo el control del coche y nos despeñamos por un barranco. No me calmé hasta casi llegar a la carretera Jerusalén-Jericó. Solo nos faltaban unos cuantos metros cuando de repente nos encontramos con una zanja ¡que acababan de hacer para que no alcanzásemos la carretera!
La cólera me hizo perder el juicio, me hubiera gustado gritarle a uno de ellos a la cara, pero ¡no había nadie a la vista! Así que me puse a gritarle al desierto:
—¡Señor! ¿Has visto? Son como demonios, qué mezquindad. ¿Cómo es posible que ese sea el pueblo elegido? ¿Dónde estás, Señor? ¿Eres testigo de lo que pasa en la tierra?
Me bajé del coche y me puse a tirar piedras sin más objetivo que descargar mi furia.
¿Qué podíamos hacer después de haber caído en aquella maldita trampa? ¿Dejar nuestros coches allí mismo para que vinieran, los explosionaran, y luego anunciaran que habían hecho explotar dos coches bomba?
Ayad no había perdido los nervios. Pensaba y exploraba el paraje. Se me acercó y con una sonrisa algo cohibida me dijo:
—¡Veo que te gusta tirar piedras! A ver si llenas la zanja.
Su idea era muy acertada, y la elogié. Empezamos a llenar la zanja durante algo más de media hora y luego la atravesamos, enfilando los coches hacia la carretera general, con el puño en alto y gritando: ¡Viva Palestina!
Eran más o menos las dos de la tarde cuando de nuevo nos paramos ante la verja de Qalandia. Cuando el soldado profirió «prohibido», me puse a chillar. Él se quedó estupefacto, y otro soldado me apuntó con la ametralladora. «¡Increíble! Nuestros chillidos les alarman más que sus propios actos», me dije. Cogí, me baje del coche, y tapé con mi pecho la boca de la ametralladora, con los brazos extendidos como un Cristo crucificado.
—¡Venga, disparad, que disparéis, a ver! —grité.
Una reportera de Al-Yazira corrió hacia donde estábamos micrófono en ristre, y los cámaras la siguieron. Un soldado salió corriendo de la caseta que estaba al otro lado de la carretera, nos pidió la documentación, que nos devolvió en el acto, y nos hizo señal de que pasáramos.
Me callé, los ojos fijos en sus labios, rogando en silencio un comentario. Esperaba que dijera: «Loca», era lo que más deseaba... Pero él permaneció callado, parecía triste, no sólo triste, más que triste. ¿Será que mi historia es tan triste? No lo es, y además he intentado aligerarla al máximo. Entonces ¿a qué está dándole vueltas? ¿Por qué está tan serio? ¿Dónde ha ido a parar su buen humor habitual? Sabe que estoy esperando sus comentarios.
—Vaya suerte que has tenido —me dijo intentando sonreír.
—¿Suerte? —dije extrañada.
¿Qué suerte había tenido? Si me hubiera dicho: «¿No te lo decía yo?»; si me hubiera preguntado por qué al principio había intentado fingir que todo había sido apacible, sin problemas, y que algunos soldados aún albergaban bajo el pecho un corazón humanitario... Es verdad, ¿por qué había pretendido tal cosa, por qué no había contado que el soldado que me había dejado cruzar la verja por la mañana estaba riéndose cuando sus compañeros nos prohibieron volver a Ramala? ¿Conocía la trampa que nos esperaba? Señor, no es posible. ¿Qué espanto aguarda al mundo si la Ocupación deforma todas las almas?
—¡Mucho más que suerte! —remató—. Imagínate si hubieras estado en una de las verjas a las que no tienen acceso las cadenas vía satélite.  
Pues sí que había tenido suerte...
Durante un mes no volvimos a vernos, pues no le dejaron entrar en Ramala después de la operación militar de Ain Aryat. Ayer me llamó por teléfono y me dijo muy seguro: «Mañana me lanzo a la aventura de intentar llegar a Ramala». Me dormí soñando con el encuentro. Hoy, hace un momento, ha sonado el teléfono. Su voz llegaba muy débil:
—Me han disparado. Necesito una ambulancia.
Dios, ¡que la ambulancia llegue a tiempo! ¡Que él sí que tenga mucho más que suerte!


[AICHA AUDA. «Mucho más que suerte». trad. Luz Gómez García. En Bajo la Ocupación. Relatos palestinos. Málaga, Centro de Ediciones de la Diputación, 2003.]

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